El capitán del cascarón con -tal vez- 500 inmigrantes a bordo que había partido de, a saber cual, puerto africano, perdió su oportunidad de hacerse famoso.
La bañera se arrastraba lentamente a Canarias desafiando a los alisios, transportando sueños y esperanzas, cuando en un alarde de tecnología de la comunicación, todos presagiábamos lo que se avecinaba. Prensa, televisión, Internet... medio mundo era consciente del barco negrero que lenta e inexorablemente se acercaba a su destino. Satélites y patrulleras esperaban tenerlo a tiro, no para hundirlo sino para ayudarlo, no fuera a ser que los preparativos humanitarios en las islas quedasen en nada, o, peor, que otra tragedia más se añadiese a la larga lista. Y es que, de los desechos rusos comprados en desguaces de Senegal, no se puede uno fiar.
Allá en sus bodegas, docenas o cientos de inmigrantes, cuyo número real por metro cuadrado es más difícil de calcular que el de una manifestación, los inmigrantes se apretujaban totalmente ajenos a la atención que se les venía prestando.
Seguramente el capitán navegaba feliz pues ya tocaba a menos, cuando recibió la llamada de sus cómplices, o será que oyó la noticia llamándole negrero. Tal vez fue humildad, timidez mediática o el olor a las cárceles españolas, pero lo cierto es que se le pusieron por corbata.
Todo a estribor y proa por donde vino fue su decisión, acertada o no, pero que influyó en muchas vidas... al menos por el momento, pues no se ha dicho la última palabra.
No hace falta acudir a una bola de cristal para saber que veremos muchos más barcos, tantos más como altas sean las murallas que levantemos.

