Antes del verano planeaba entre ministerios la teoría de que
la actual crisis económica haría gran mella en la inmigración, de forma que los
inmigrantes que vienen serían menos y los que ya están se marcharían por su
propio pie. O, lo que es lo mismo, que la inmigración, tanto legal como ilegal,
se ajustaría por sí sola, sin intervención alguna. Una teoría que la tozuda
realidad se ha encargado de demoler, ya que las cifras relativas al aumento de
peticiones para marcharse fueron triviales, elevadas las llegadas de ilegales e
ingentes las expectativas de los que están a la espera.
El Gobierno reincide con su plan de retorno de inmigrantes,
animándoles a cobrar el paro allá en su país de origen, bajo promesa de no
volver en algún tiempo. El resultado es incierto; las apuestas caen por
momentos. Las expectativas sobre un millón de retornados han bajado hasta unos
diez mil, todavía con los últimos retoques en el tintero para endulzar el
caramelo antes de que caigan más ceros.
El retorno puede ser interesante en unos pocos países donde
el nivel de vida es decente. En muchos otros, no es una opción. Ya tienen su
propia crisis crónica y estructural, que haría palidecer a la nuestra. De
hecho, el prototipo de inmigrante con trabajo y alojamiento precarios no está pensando
en marcharse, sino en traer a su familia, ya no mujer e hijos, sino padres,
hermanos, primos y sobrinos.
Se podría alegar que la crisis empujará a los inmigrantes
hacia otros países europeos, toda vez que las difusas fronteras Schengen están
para ser cruzadas. Sin embargo, la tendencia es justo la contraria, es decir,
que los de países norteños bajan a España. Una poderosa razón es el
endurecimiento legislativo en dichos países, que actúan con contundencia frente
al sin papeles, además de contra la economía sumergida y el empleo irregular.
Y la riqueza no lo es todo. Nuestro modelo solidario permite la asistencia sanitaria plena y sin distinciones, garantizada con solo empadronarse. Además, la virtud de la paciencia recompensa con una regularización perenne a los que resistan tres años residiendo irregularmente. En definitiva, todavía tiene que ser la crisis económica mucho más acuciante para que sean legión los inmigrantes que se vayan; probablemente, nuestros nacionales emigren antes.


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