La OCDE -el club de los países ricos- presentó recientemente su último informe Perspectivas de la migración internacional
, donde crisis e inmigración confluyen. El plan de retorno voluntario
del inmigrante diseñado por nuestro Gobierno ha tenido su minuto de
gloria en dicho informe. Eso sí, como ejemplo de ineficacia. Al
parecer, a mediados de marzo no eran millones los que habían decidido
marcharse, como pretendía cierto ministro, ni siquiera los 80.000
inmigrantes potenciales de las estimaciones más realistas, sino tan
solo 3.926. Aunque tiene su interés académico el aportar raciocinio
sobre los porqués de los fracasos, lo cierto es que asumir que de aquí
no se iba nadie y que todo el plan era un concierto de pandereta ya fue
augurado desde estas mismas páginas en septiembre del 2008, mientras la
tinta con que se imprimió el plan aún estaba fresca. Pero el máximo
exponente de fallo de cálculo sigue siendo, por goleada, la
regularización encubierta del año 2005, cuyas nefastas consecuencias
perduran hasta nuestros días. Por suerte, ya existe una directriz
europea que prohíbe tales prácticas, esperemos que a prueba de
insensatos.
Las perspectivas de los inmigrantes son realmente malas. Sus legiones
de parados superan con creces a las de los españoles y lo peor no ha
llegado. Su crisis particular empezó hace dos años y los cogió con el
paso cambiado, aunque no podemos acusarlos de ingenuos por creer a un
Gobierno que negaba la mayor, pues hasta hace bien poco los nativos
también picamos. Sin un colchón familiar que los ayude hasta que vengan
tiempos mejores, serán pocos los que resistan y, consecuentemente, el
más que probable aumento de la delincuencia impulsará el racismo y la
xenofobia, que se dirigirá indiscriminadamente contra aquellos
inmigrantes que sí están integrados y llevan una vida meritoria.
Tolerar el aumento de la economía sumergida es una perversión del
sistema con escaso futuro. Obviamos que estamos rodeados de sin papeles
en nuestra vida cotidiana; solo caemos en la cuenta cuando a un
inmigrante se le rebana un brazo o cuando arrasan algún taller dirigido
por negreros.
A pesar de todo esto, nuestro país necesita la llegada de
más y más inmigrantes por diversas razones, tanto sociales como
laborales, pero, al mismo tiempo, no es menos cierto que sobran muchos
de los que ya están aquí. O sea, que ni vienen los que tienen que venir
ni se van los que tendrían que irse. Una integración social y una
adaptación al mercado de trabajo, reales, que no en el papel, deben ser
guía en la política migratoria. La pandereta y las costumbres de
avestruz no van a ayudar.