Primero fue el avión que voló a
Gambia con inmigrantes deportados y regresó a España con idéntica carga; luego
se hundió la valla que defiende Ceuta del acoso de sus vecinos y por fin llega
a Canarias el padre de todos los cayucos. Una semana movida que pone de
manifiesto, excepto por lo de la valla, de causa meteorológica, lo precario de
las relaciones con los países subsaharianos.

No serán los gambianos quienes tiren la primera piedra, después de haber
fortalecido su servicio de inteligencia, la siniestra NIA, dedicada básicamente
a espiar a la oposición política, con fondos europeos destinados a la lucha
contra la inmigración ilegal. En una nueva vuelta de tuerca, ahora se exigen
esos maletines de los que nadie confirma su existencia pero que «habelos
hainos». El mercadeo a costa de vidas de inmigrantes ya parece una economía
emergente allá donde Wall Street palidece. Europa, y España en particular,
tienen que enfrentarse a los demonios que han creado. Una mejora estadística no
puede forjarse a costa de despreciar los derechos humanos, fomentar la
corrupción, halagar a golpistas, financiar prácticas dictatoriales y, lo peor,
generar un tampón de miles de marginados atrapados en medio del camino.

