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El cayuco del récord

Primero fue el avión que voló a Gambia con inmigrantes deportados y regresó a España con idéntica carga; luego se hundió la valla que defiende Ceuta del acoso de sus vecinos y por fin llega a Canarias el padre de todos los cayucos. Una semana movida que pone de manifiesto, excepto por lo de la valla, de causa meteorológica, lo precario de las relaciones con los países subsaharianos.

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Aunque el cayuco se achaca a los mauritanos, es más creíble que su origen estuviera más abajo, entre Gambia y Bissáu. En cualquier caso, cayuco y avión están más relacionados de lo que parece, ya que en ambos casos faltó motivación económica. Un cayuco de treinta metros de eslora con 230 inmigrantes ha batido todos los récords, pero de descaro, ya que cuanto más grandes menos se ven.

No serán los gambianos quienes tiren la primera piedra, después de haber fortalecido su servicio de inteligencia, la siniestra NIA, dedicada básicamente a espiar a la oposición política, con fondos europeos destinados a la lucha contra la inmigración ilegal. En una nueva vuelta de tuerca, ahora se exigen esos maletines de los que nadie confirma su existencia pero que «habelos hainos». El mercadeo a costa de vidas de inmigrantes ya parece una economía emergente allá donde Wall Street palidece. Europa, y España en particular, tienen que enfrentarse a los demonios que han creado. Una mejora estadística no puede forjarse a costa de despreciar los derechos humanos, fomentar la corrupción, halagar a golpistas, financiar prácticas dictatoriales y, lo peor, generar un tampón de miles de marginados atrapados en medio del camino.

El golpe y los cayucos

Todos los Gobiernos se han rasgado las vestiduras tras conocer el golpe de Estado en Mauritania, fulminando su efímera democracia. Una democracia, eso sí, que elevó a un presidente gracias a los apoyos de los mismos militares que dos años atrás pusieron fin a otro régimen también mediante un golpe de Estado.

Este inusitado interés occidental no se debe tanto a la preocupación por las buenas gentes que pueblan dicha tierra, sino lo que representa; es decir, la nueva frontera sur, la gran barrera para los inmigrantes subsaharianos. Los mauritanos han pasado de ser un pueblo solidario con sus convecinos a una policía en medio del desierto, apoyada con lanchas y helicópteros de la Benemérita.

Como ocurre con otros países subsaharianos, la apariencia de estabilidad en los flujos migratorios es meramente ilusoria y los programas humanitarios son a todas luces insuficientes, más que nada al ser la codicia y no el bienestar del pueblo lo que motiva a sus dirigentes.

Abdallahi quiso dejar de ser una marioneta del Ejército que lo llevó al cargo y acabó en una celda. Mientras, España, porque sufre directamente la presión de los temibles cayucos, es la primera preocupada por lo que va a pasar al día siguiente. La idea de pagar a unos inmigrantes para que impidan el paso de otros ya era el plan B de la política migratoria de nuestro Gobierno.

La inestabilidad política y sus conexiones con la inmigración ilegal no son exclusiva de Mauritania. Un poco más abajo, la espada de Damocles pende sobre el Gobierno de Guinea Conakry, tierra de barcos negreros
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